El argumento y la trama
EL APUNTE
Por Juan Carlos Gil / Foto: Vanesa Santos
El argumento de una obra literaria se centra en explicar cómo ocurren los hechos, según el orden cronológico propuesto por la obra artística sin desvelar el desenlace de la historia. Por otro lado, la trama profundiza en cómo suceden los acontecimientos en función del criterio artístico que haya elegido el narrador. Aunque hay gente que los confunde, no son lo mismo y conviene diferenciarlos.
El argumento de las faenas de David de Miranda, ese espigado onubense con más corazón que muñeca, con más estoicismo que cintura, se sustenta en un valor natural y consciente tan escalofriante como temerario. A partir de él, construye la trama de sus obras, unas veces con naturales limpios y ligados, otras con derechazos largos y en línea recta, otras con muletazos accesorios como pases por la espalda, circulares y alardes espontáneos. Quizá a sus tramas le faltan hondura y cierta profundidad porque no termina de acompañar las embestidas con ese pellizco artístico que es un don divino con el que se nace y que difícilmente se adquiere con el paso del tiempo.
No obstante, David ofrece argumentos sólidos, bien construidos, técnicamente depurados que no deben confundirse con la hojarasca superficial con la que suele calibrarse sus faenas. Por eso en el quinto me encantó que se dejara llegar los pitones de su oponente a los vuelos de su muleta para conducir la embestida hasta el final de su brazo. En esos segundos dramáticos en los que el toro se pensaba si embestir o coger, si seguir la muleta o ir hacia su encantador de serpientes, radicó el argumento del valor puesto al servicio del toreo y no sólo del triunfo fácil. En esos instantes conmovedores, en los que te juegas la cornada o el muletazo, y que pasan inadvertidos para el gran público, consiguió de Miranda meter en la canasta al pupilo de Domingo Hernández, que tras esa prueba acabó rendido al poderoso argumento del torero, que ya sí pudo desplegar todos los matices de la trama a placer. Y lo más importante, sin que se le modificara el rictus de su semblante.